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El valor del mejor sabor del jamón ibérico se gana con la temperatura justa

El jamón ibérico tiene una temperatura óptima para ser degustado con todos sus matices, por debajo de ella, las lonchas hacen aflorar su salado y las grasas se dejan de sentir en el paladar. Es la experiencia del sabor del jamón ibérico, obtenida de su temperatura justa.

¡La joya de la cocina!

Cada vino tiene una temperatura ideal para ser servido, es el punto en el que la bebida hace aflorar sus aromas, esencias y sabores naturales. Conocer la temperatura a la que ha de servirse ayuda a mejorar la experiencia de la cata.

Pero ¿qué ocurre con el jamón ibérico de bellota, también tiene una temperatura a la que ha de servirse? Pues sí, rotundamente sí. Como un producto alimenticio que es el resultado de la interacción de una química natural y de un proceso de curación; el jamón ibérico de bellota ha de servirse alrededor de los catorce grados de temperatura.

Se trata de una temperatura óptima de referencia, porque es aquella en la que se produce un estado de mayor fluidez del ácido oléico que contiene la carne de las piezas de jamón ibérico. Esa fusión está también relacionada con la capacidad del sistema gustativo del ser humano, con la percepción de los matices de los sabores en un nivel ideal.

En los catorce grados centígrados, la pieza de jamón ibérico libera con gran fluidez sus compuestos olorosos, sus aromas, de forma que adquieren una condición que los hace óptimos para su consumo, la persistencia.

En términos coloquiales, a esa temperatura el sabor se desarrolla y queda más tiempo durante el proceso de masticación porque la grasa es más fluida y se envuelve más fácilmente alrededor de las papilas gustativas que son las responsables de captar los sabores y de transmitirlos mediante las conexiones nerviosas al cerebro.

Además, esa percepción de calidad es todavía mayor porque la liberación de la grasa produce un efecto consecuente de gran valor para la experiencia y es la reducción de la salinidad que está muy presente en los sabores de superficie y de fondo de la carne de jamón ibérico de bellota, el de más calidad.

No en vano, la curación de las piezas de jamón ibérico pasa por un proceso de salado muy intenso que deja huella. Una huella que borra la grasa a una temperatura muy precisa como vemos.

Otro dato curioso, si la temperatura de la loncha de jamón ibérico desciende su temperatura, a diez grados sobre cero, por ejemplo, no se produce un efecto de desaparición del sabor, por lo menos a esa temperatura, como sucede en otro tipo de alimentos, en los que literalmente el frío se come el sabor.

En el caso del jamón ibérico de bellota, lo que ocurre es paradójico, el sabor se vuelve más intenso, pero no los clásicos gustos a hierro de las lonchas en su temperatura justa, sino que se vuelve salado.

A una temperatura algo menor, desaparecen las sensaciones del gusto característico del jamón ibérico para ser tapadas por el gusto salobre. El motivo es el mismo.

El ácido oléico se endurece no se extiende y no se hace notar en toda su intensidad y lo que queda es un sabor primario salado que no es precisamente una parte apreciada del sabor del jamón ibérico.

El público suele pensar que en el corte del jamón hay una pérdida de sabor, que es el resultado del loncheado de la carne y su frotamiento con el metal de las hojas de corte jamoneras.

Es cierto que hay pérdida de calidad en el sabor, mínima e inapreciable para quien no tenga el sentido del gusto educado para percibirlo, pero el afloramiento del sabor salado es una condición de la degustación potencialmente mayor que la desvirtuación por el corte mecánico.

Ya lo sabe, más que estar atentos a cómo frota el corte, vigile la temperatura. Con ese cuidado hará aflorar el sabor que representa lo mejor de la experiencia de degustar el jamón ibérico de bellota.